singular como ninguna.
No presumía de nada,
ni hacer alarde al menos
de las más de estrellas
o la luna más radiante.
Simplemente
un portento de nocturnidad
que inquieta destilaba su voz
en aromas canela
vainilla
y lavanda en flor.
El murmullo de un riachuelo
amante ofrecía sus cuerdas
meciendo al vaivén
sus aguas cristalinas
y una que otra ilustre rana
por aquí y por allá cantaba feliz
su ronco do re mi fa sol.
De pronto se desborda la magia
y en una dulce ráfaga de brisa
una orquesta de rosas
-en el paroxismo del momento-
abriendo el tálamo de su vergel
acaricia la noche suavemente
entregando eufónica serenata
de perfume-rojo-terciopelo.

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