Me desvistió con lujuria
cadenciosa,
quitando de mi cuerpo el vestido.
¡Fuera! –decía entre
murmullos-
Medias,
¡fuera!
Corpiño,
¡fuera!
Bragas,
¡fuera!
-entre susurros lo iba
diciendo-
Quedando al final,
ni un ápice de estorbos
para sus instintos
salvajes.
Dientes arriba,
dientes abajo,
mi ropa iba sufriendo sus
mordiscos
en la caudalosa tormenta del
lobo.
Luego irremediablemente,
mi carne fue el manjar
para sus hincados dientes en
mi espalda.
Y yo que resistía,
estuve hincada,
quieta,
ferviente,
haciendo una oración
para calmar su furia.

No hay comentarios:
Publicar un comentario