Estuve frente a él.
Creí escuchar a torrentes
el halo de su respiración
susurrando a mi oído.
Me pareció entre líneas
que un galope de cien
caballos
resonaba en su pecho
brincando de prisa.
O no sé si era mi imaginar.
O si fue un deseo desatado
en el mismo pecho mío.
Tal vez fue mi hembra
que corría sin bozal ni
rienda
buscando abrevar su sed
en el entronque indómito
que caprichosas conformaban
sus fuentes de amplios
trigales.
Y mis manos tuvieron alas
mas no atinaron abrirse
para volar.
Y lo vi alejarse un poco,
al otro lado de mí,
bajo la enredadera
que obstruía la fuerza
gravitante
de aquella luna meridional
como poniendo distancia
entre dos intangibles.
Y quise gritarle:
-no te vayas,
quédate a mi lado,
déjame acurrucarme
en el nido que llevas muy
dentro.
Hagamos girones la noche.
Saquémosle luminiscencia
a la oscuridad-.
Y callaron mis labios
como muertos mudos.
Y fuimos agua revuelta
corriendo en ríos distantes.
Dora Elia.
18 de Abril 2018.
EE.UU.
Derechos de autor.


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