Y fui gata sobre el tejado… (tibio aún del rescoldo había dejado el sol) maullándole a la luna una serenata. Fui musa que enarboló el canto de su estremecida pluma al compás de mis caderas, abrazándose a mis noches de intermitente humedad. Corrimos los dos, lado a lado, a la par de nuestras sombras instigando ebriedades de besos sin fin. Y escribió en las mil y una noches un poema de mí cada atardecer. Otros tantos de mi carne de hembra en celo, de mi aroma de mujer insaciable y voraz, de la cadencia de mi respiración en su vientre, de mi lengua quemando su ombligo haciendo surcos enardecidos a la gloria, de mi piel en fuego retorciéndose en la pira de la suya y de mi voz en un murmullo musitando locuras a su oído, sabor a colmenares prendidos. Dibujó mi cuerpo en el celaje de mil mariposas, pintó mi figura al óleo con el pincel de su boca, esculpió mi misma sombra entre sus manos, desesperadas, arrancándole gemidos, volando las horas… al final del diluvio, dejamos desorientado y confuso el palpitar del reloj.


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