Desato mis bríos y sale cayendo el listón que anuda mi pelo de su estado involuntario en una dosis de letargia oculta y pasiva. Y despierta de golpe de su madeja estacionaria y recobra lucidez, montado en el éter de una húmeda brisa. Y galopa libre y relincha suelto, algarabiado, irreversible e irreverente, confundido un poco, medio etílico en perfume, cantarín. Y contagia en su júbilo festivo los campanarios que acechaban la hora de tañer, revoloteando el nido de dos palomas en lánguida espera del son a bailar. Y cae por mis hombros como intrépida cascada. Lame al paso disimuladamente las palomas ya despiertas y azuzadas provocando dos uvas busquen saltar las rejas de su cárcel. Da media vuelta y acaricia mi espalda llegando a mi cintura, insinuante, en medio de tenue luz de velas perfumadas… Y apareces tú de pronto. Estás allí en el punto agudo de su vista. Tendido, alfa, provocador. Se acerca a ti. Pasea efervescente los bulevares de tu pecho en bruto. Se revuelve en tu vientre desbocado. Se enreda en marañas locas en tus gitanos muslos sin bozal, amarrándose enmadejado a tu varón despierto.


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